(via lecigarevolant)
Source: girtabaix
El vivir en la universidad me ha dado un solapazo bukowskiano a la cara. Me enseño que existen personas muy locas, libres, condenados, que las drogas tienen un lado bueno y un lado malo, me enseño a limpiar mi mierda del inodoro ajeno, de que cada centavo cuenta, me enseñó a compartir, a cuidarme un brazo roto con una gastritis galopante y aún así no reprobar el semestre.
La universidad como institución me ha quitado la religion de mi vida, ha acentuado mi exacerbado criticismo hacia los detalles, me hizo odiar al capital y beber coca-cola al mismo tiempo, me ha quitado tiempo con profesores ególatras, me ha quitado dinero con viajes burocráticos para validación de documentos, me enseño una que otra cosa sobre las ciencias sociales y me ha dado el prestigio que la sociedad quiere ver.
La verdad es que, se equivocan y es el primer párrafo el que deben apreciar, son esas experiencias las que deberian resultar en un diploma, grabado en marmol, para colgarlo en la oficina. Que tus clientes (sea del ramo que seas) entren y digan: “Este puto no es cualquiera, se jodió y aprendió con eso”. Cualquiera puede ser tener un diploma universitario, pocos aprenden de los duros momentos y emociones vividas.
Rene Lavand, al hablar de su ciudad Tandil, dijo que “podemos viajar por el mundo entero, pero siempre tenemos que volver a un hogar”
Hogar.
Cuando paramos de tener esperanzas o cuando nos rendimos por la experiencia, inconscientemente retomamos la actitud de animales de costumbre.